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Palabras movedizas 11

Ante ustedes, la más clara evidencia hasta la fecha de la existencia de Universos paralelos.

Anteayer, cuando estábamos en el salón de actos viendo a mi hija presentar su tesis, todo cambió de repente y me vi, de sopetón, transportado al día de su nacimiento. Luego, de golpe, avancé unos años hacia el futuro, al momento en que mi mujer descubría mi tórrida relación con la vecina del cuarto. Y otra vez adelante, cuando la niña nos dice que quiere estudiar medicina. Esto dura un instante. En el siguiente salto alucino al verme haciéndole carantoñas al nieto que aún no tengo. Y, por fin, de nuevo a mi presente, al momento en que mi hija está presentando su tesis doctoral. No me preguntes cómo sé lo que ha pasado, simplemente lo sé. Ahora rezo todos los días para que al tipo que está leyendo mi vida no se le vuelva a olvidar poner el marcapáginas.

Trivialidades 24.

Acojonante. Resulta que cada acto, público o privado, que llevamos a cabo queda registrado en no sé qué parte del tejido espacial que nos rodea, igual que las imágenes que se sobreimpresionan en una película. Los científicos han recuperado esa película. La vida de cualquiera es revisable hasta el último detalle en tres dimensiones y alta definición. La poli ha pedido hacer un registro de miles de vidas de presuntos delincuentes. Se alzan voces contra lo que se considera allanamiento de pasado. Uno podrá visitar los mejores momentos de su vida o revivir sus mayores estupideces y aprender de ellas. Se acabó lo de contar a los nietos batallitas: los metes directamente en las Ardenas y ríete de Medal of Honor. Los fabricantes de videojuegos están aterrados: la vida real vuelve a ser interesante. Sobre la vida de Cristo, Mahoma, Buda, o sobre la muerte de Elvis o Kennedy, las autoridades guardan, de momento, un prudente silencio.

Trivialidades 23.

Desde que las cronomudanzas son posibles he fijado mi residencia a las 10 en punto de la noche del 21 de junio. Disfruto de un maravilloso atardecer permanente, con las farolas recién encendidas como enormes luciérnagas contra un impresionante cielo de color malva. Es un minuto muy caro y me obliga a mantener unos altos ingresos. Lamentaría que la crisis me forzara a mudarme a las dos del mediodía del 15 de julio, por poner un ejemplo de momento desagradable pero mucho más asequible. Creo que antes me iría a las tres de la mañana de cualquier noche de diciembre o enero. Con el éxodo masivo de gente de la noche al día, se necesitan trabajadores para mantener los servicios mínimos. Pagan un plus por frío, nocturnidad y aburrimiento.

Síndromes 14.

Tengo 78 años y un síndrome. Hace ocho años mi marido murió de un infarto. En el momento en que le dio el infarto, nevaba. Desde entonces, cada vez que nieva, tengo la seguridad de que a alguien a mi alrededor va a darle un jamacuco. El verano pasado, en Marbella, un desconocido que tomaba el sol a mi lado sufrió uno. Por supuesto, salí corriendo para protegerme de la inminente nevada. En mi castigado cerebro, las asociaciones de ideas han tomado el poder y fabrican sus propias certezas. Hoy, sin ir más lejos. Me invitaron a una recepción en la Zarzuela. Estaban todos los que salen en el Hola y en el Qué me dices. Olían a papel cuché satinado. Francamente, algunos apestaban. No me atreví a estrecharle la mano a nadie por miedo a espachurrársela. Evidentemente, no escuché nada de lo que decían. Jamás leo los textos de este tipo de revistas.

La gente que llora la muerte de Michael Jackson llora su propia muerte. Es lo que pasa cuando muere uno de los grandes, que muere un trozo de tu pasado, una pequeña parte de ti desaparece y te haces inevitablemente un poco mayor. Nos caemos a trozos. Michael Jackson ha sido el último trozo. Lo que explica que me sorprenda con un acceso de emoción la muerte de alguien por quien no he sentido ninguna empatía durante los últimos años. Hace mucho yo bailaba con Michael Jackson, flipaba con él. Antes de morir era leyenda en mi cabeza, porque para mí no hay nada más legendario que mi propio pasado. Estos últimos años a menudo me preguntaba: ¿dónde está?, ¿qué está haciendo?, ¿cómo es posible que con tanto, tantísimo talento haya dejado la música? e, incluso, una vez, llegué a preguntarme, víctima del caótico barullo que es el mundo y mi cabeza, si estaba vivo o ya se había muerto. En realidad, salvo para sus allegados, Jackson ya estaba muerto. Muerto desde hace casi dos décadas, como esa parte de nuestro pasado que ya no volverá. Pero ahora es cuando nos hemos dado cuenta.

La genética dice que nacemos marcados por nuestro pasado.

La religión dice que nuestro comportamiento determinará nuestra vida futura.

Conclusión: la religión es la genética del espíritu.

Escucha, he encontrado en internet la familia perfecta en la que pasar nuestras vacaciones: él es piloto, ella bióloga, cuarenta y pico años, guapos, buena salud. ¿Tienen niño? Uno, igual que nosotros, toca el piano. Genial, pero, ¿no será muy fino para el nuestro?, acuérdate del año pasado: les devolvimos a aquel niño con una ceja partida. Nada que no cubra el seguro. ¿Tienen perro? Un setter irlandés. Uy, a nuestro perro salchicha le va a encantar el cambio. ¿Y el abuelo? ¡Ostias, el abuelo! A ver…, sí, hay abuelo, menos mal, ¡joder!, está en silla de ruedas, ahora me explico el precio. Vaya, qué pena, estaba tan bien…, ¿y si no le decimos nada hasta el último momento?

Oye, lo lograron. No sé cómo. Encontraron el puto sitio del cerebro en el que se refugia la identidad. Lo demás vino rodado: un sencillo trasplante y cambiabas de cuerpo. Lo de la multipropiedad pero con personas. Por un módico precio te ofrecen un catálogo de cuerpos en los que pasar tus vacaciones. Te implantan tu identidad en el cerebro que eliges y, sin dejar de ser tú, adquieres todas sus habilidades. El contrato viene con una cláusula: puedes ocupar todos los cuartos menos ese que tiene la puerta cerrada con llave. En él se guardan los secretos y perversiones íntimas de su propietario. Quita, quita. Yo, que soy bombero, ya voy por tres mudanzas: médico, sacerdote y sexador de pollos. El año que viene haré mi reserva con tiempo para piloto de Fórmula 1. Si tengo que pagar un plus, lo pago. Las vacaciones lo merecen, oye.

Trivialidades 21.

Tras localizar y aislar el último recuerdo de un afectado por Alzheimer severo, un laboratorio de Basilea ha logrado extraer de él su adn memorístico, a partir del cual ha sido posible recuperar toda la secuencia completa de recuerdos del afectado. El enfermo, cuya vida había sido un total y absoluto desastre, ha demandado al Laboratorio.

Cuento-tráiler 2.

Estudiante. Final de curso. Padre. Promesa. Aliciente. Premio. Noche en vela. Exámenes. Nervios. Resultados. Sobresalientes. Alegría. Moto. Estreno. Stop. Frenazo. Impacto. Hospital. Noche en vela. Médico. Nervios. Diagnóstico. Ritmo cardiaco. Insuficiente. Frecuencia respiratoria. Deficiente. Constantes vitales. Suspendidas.

Cuento-tráiler 1.

Rayo. Mansión. Incendio. Carbonizado. Llamadas. Lloros. Entierro. Herencia. Hermanos. Disputa. Abogados. Juez. Rabia. Tiempo. Rencor. Tiempo. Odio. Sobrinos. Amor entre dos. Familias. Disgusto. Prohibición. Desobediencia. Embarazo. Bebé. Tiempo. Porche. Verano. Noche. Cielo. Tormenta. Hijo. Padres. Conversación. Pregunta. ¿Cómo empezó todo? Rayo. Así.

Trivialidades 20.

Mi hija. Se fue de casa dando un portazo. Veo su antigua casa de muñecas. Abro el frontal abatible. Las celdillas de los cuartos se exhiben con doméstico impudor. Miro hacia el que ella llamaba su cuarto. Observo con sorpresa que la muñeca que lo habita, pelirroja como mi hija, tiene bisagras en un costado y el frontal abatible, igual que la casita. Abro la muñeca. Sus órganos internos se exhiben con visceral impudor. Me fijo en el corazón, el único órgano con bisagras y frontal abatible. Contiene un librito con, sí, dos diminutas bisagras en el lomo. Separo sus tapas. Una lupa me permite apreciar que hay una frase escrita en su interior. La frase está plegada sobre sí misma y en uno de sus extremos hay dibujada una bisagra. Sospecho que para poder abrirla tendré que volver a conquistar el corazón de mi hija.

Trivialidades 19.

Experimentos llevados a cabo en un laboratorio de Michigan han demostrado que en un recipiente aislado y vacío puede surgir espontáneamente un recuerdo, lo que se considera la primera evidencia científica contra la existencia del pasado.

Trivialidades 18.

Tengo el libro en las manos. De las tres versiones posibles: “Superficial”, “Intermedia” y “Toda la verdad y nada más que la verdad aunque pueda resultar doloroso” he escogido la tercera. Lo he hecho por miedo a que si no pueda resultar insulso; he pagado demasiado dinero por él para que luego me decepcione su contenido. Sigo las instrucciones con escrúpulo reverente: pegar el volumen a la frente, cerrar los ojos, relajarse durante cinco minutos, volver a colocarlo sobre el regazo. En cualquier momento sucederá: la portada en blanco empezará a colorearse y comenzará a escribirse el título. Luego tendré que pasar pacientemente las páginas en blanco una a una a medida que se vayan llenando de letras. Las letras que cuentan mi vida. Dicen que en las próximas versiones no será necesario abrirlo para que se autoescriba. De los tres tamaños posibles he elegido el breve. Sólo tengo dieciocho años.

Síndromes 13

Un pliegue en la corteza orbifrontal del sistema límbico me permite administrar a mi antojo las emociones: que me toca la lotería, guardo la alegría en el pliegue y la disfruto cuando quiera; que se muere un familiar y no me siento con fuerza para afrontar el disgusto de golpe, lo dosifico. Mi táctica vital consiste en guardar lo bueno y consumir lo malo conforme me vaya sucediendo. Soy un ahorrador de entusiasmo, un tacaño de la jovialidad, un avaro de las emociones positivas. Si puedo evitarlo, no gasto ni una. Todo va al pliegue, todo. El pliegue en la corteza orbifrontal es mi hucha de cerdito del optimismo. Socialmente me defiendo porque he aprendido a fingir regocijo. Jijiji, ríe el témpano. Jajaja, celebra el carámbano. No es ratería, es previsión. Hago como la hormiga: acumulo para el invierno. La vejez es muy dura. Lo sé porque de joven trabajé en un geriátrico. Sí, es sacrificado no disfrutar del nacimiento de un hijo mientras los demás derrochan felicidad por doquier, pero cuando me jubile dispondré de una generosa pensión de alegrías, no como el resto, que llega a viejo sin reservas, con lo puesto, y al primer achaque serio ya están jodidos. El que no ríe antes ríe después, aunque ría solo.

Síndromes 12.

¿Que por qué estoy acojonado? La cosa se remonta a la infancia: todos los niños tienen estrategias para retrasar el momento de salir de la cama. Mi estrategia era dormirme pronto y, una vez dentro del sueño, echarme a dormir y, una vez dentro del segundo sueño, echarme a dormir otra vez, y así sucesivamente, así que, cuando mi madre me zarandeaba por la mañana, yo notaba un leve tirón y despertaba del último sueño en el anteúltimo sueño; al segundo zarandeo despertaba del anteúltimo sueño en el antepenúltimo, y así sucesivamente. Si había logrado amontonar un buen número de sueños durante la noche mi madre tenía que zarandearme más de treinta minutos hasta conseguir romper la última pompa de morfeo. Con los años no he abandonado la estrategia porque sigue sin gustarme madrugar, y ahora es mi mujer la que hace las veces de madre. He desarrollado, incluso, una cierta capacidad de resistencia, y si el zarandeo no es muy fuerte soy capaz de aguantar sin bajar de sueño. Pero esta mañana, cuando iba hacia el trabajo sacándole humo a las suelas, como siempre, ha sucedido lo que nunca me había pasado: he notado el tirón, el familiar y característico tirón que persigue sacarme del sueño. Y estoy acojonado porque es la primera vez que me sucede despierto.

Este es el primer post de una larga serie basada en las mentiras que digo todos los días. Y esto que acabas de leer es mi mentira de hoy.

Trivialidades 17.

El 16 de agosto de 2008, durante la final olímpica de Pekín, un cronómetro Omega necesitó sólo 9 segundos y 69 centésimas para medir la carrera de un hombre en cien metros lisos, rebajando en 3 centésimas la anterior plusmarca en posesión de un cronómetro Tag-Heuer.

Síndromes 11.

Yo aún no había nacido cuando inventaron las píldoras de memoria, esos diminutos contenedores de una unidad de información mnemónica. Tengo cita con el dentista a las 5. Pastilla al canto y a las 4: ¡Anda, si tengo cita con el dentista a las 5! La semana que viene es mi aniversario de boda. Recoger al niño en el colegio. Comprar papel higiénico. Aquello era como tragarse el post-it. El efecto secundario no venía en el prospecto: a los pocos años, montones de casos de atrofia de memoria. Dos opciones: terapia de rehabilitación, larga y penosa, para volver a recordar por ti mismo, o tirar palante. Decidimos tirar palante. Crean los comprimidos polirecuerdo, con todo el programa de actividades para el día siguiente químicamente resuelto en una sola toma. Más tarde inventan las míticas nemoyó, que ayudan a la gente a recordar quién es al despertarse. Son personales y se supone que intranferibles. Me acosté diciéndole a mi mujer por enésima vez que no pusiera su pastilla al lado de la mía y me levanté pensando que mi marido era un pesado de campeonato. Como a mi marido, es decir, a mi mujer, le pasó lo mismo, en seguida caímos en la cuenta y tomamos cada uno la pastilla correcta. Fue extraño, pero zambullirnos en los recuerdos del otro sirvió para conocernos mejor: me hizo prometerle que no volvería a acostarme con la del quinto y yo le di la oportunidad de que me devolviera la colección completa de los mundiales de fútbol que había tirado a mis espaldas a un contenedor. Recientemente, las autoridades sanitarias han alertado sobre un lote de quinientas mil nemoyós distribuidas erróneamente por Yesterday Corporation. Se ruega a los miles de afectados en todo el país que acudan a los centros médicos para hacer un censo apresurado de identidades intercambiadas y a ver qué se puede hacer. Difícil, muchos estarán encantados.

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